Salgo a caminar entre las plantas y se me vienen encima un montón de cosas que van más allá del trabajo de la tierra. Hay días en que el viñedo no es solo un puñado de hileras, sino un libro abierto de recuerdos que se empecinan en seguir vivos acá, en este rincón de San Nicolás.
Miro las plantas de Refosco y me cuesta no viajar en el tiempo. Allá por 1928, don Héctor Ponte se trajo los primeros sarmientos desde la escuela salesiana de Rodeo del Medio, en Mendoza. Eran otros años, claro. Acá los bodegueros renegaban con el Pinot gris: la uva era noble y el vino salía rico, pero salía clarito, casi rosado. Y el paisano de antes, cuando iba a comprar vino a las bodegas o al almacén de Malizia, quería tinto, bien oscuro, de esos que tiñen el fondo del vaso. Ahí entró a tallar el Refosco. Es una uva tintorera: apretás el grano y la pulpa ya sangra tinta. Mezclaban vino elaborado con Pinot Gris con el de Refosco y hacían el típico corte nicoleño.
Pasaron las décadas, el paisaje fue cambiando y parecía que esa historia se nos iba a escurrir entre los dedos. Pero la pasión es terca. En 2006 nos trajimos unas plantas desde Neuquén y las volvimos a poner en tierra nicoleña. Fue una apuesta, un capricho del corazón si se quiere: volver a sentir que este suelo tenía algo para decir con esa misma variedad.
Y qué alegría da verlas hoy. Andan en plena floración, cargadísimas de racimos que asoman con una fuerza bárbara. Cuando uno ve la vid así, generosa, siente que el esfuerzo cobra sentido. Uno ya se ilusiona imaginando la molienda, el perfume de la fermentación y ese color violáceo espeso que pronto va a llenar la copa.
Al final, hacer vino en casa tiene mucho de eso: de heredar nostalgias ajenas, de cuidar cada brote como a un hijo y de esperar que el año venga bueno para levantar la copa y brindar con los que estuvieron antes, con los que están ahora y con la tierra que sigue dando revancha.
