Investigación periodística realizada por Walter Alvarez, acerca de los cien años en que San Nicolás de los Arroyos fue una ciudad vitivinícola (1886-1986) y las experiencias de cultivo de viñedos en climas húmedos.
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6.10.12
Información para escuelas
Una reseña de la historia de la vitivinicultura de San Nicolás acá:
https://sites.google.com/site/vinosannicolas/
https://sites.google.com/site/vinosannicolas/
12.7.12
Asombrosos pueblitos italianos
Nota sobre la Fiesta del emigrante en Favale di Malvaro
http://www.adoquindelsur.blogspot.com.ar/
http://www.adoquindelsur.blogspot.com.ar/
26.2.12
La historia de la vitivinicultura tiene un sector en el Museo de la ciudad
El viernes 24 de febrero se realizó el acto de inauguración del sector destinado a la historia de la vitivinicultura de San Nicolás de los Arroyos en el Museo Municipal "Gregorio Santiago Chervo". El acto se convirtió en un símbolo del ingreso de la historia de los quinteros y bodegueros a la historia oficial de la ciudad. De esta forma, la Asociación del Vino Nicoleño vió cumplido uno sus objetivos más esperados desde su formación. Los cien años en que San Nicolás de los Arroyos desarrolló una industria vitivinícola, con 1200 hectáreas de viñedos y la elaboración de 11.700.000 litros de vino anuales, fue olvidada por los nicoleños por más de dos décadas. Ahora, con un sector que la recuerda en el Museo Municipal, ya forma parte de nuestra memoria colectiva y recupera su lugar para la formación de nuestra identidad cultural.


18.1.12
La historia, el vino, el museo.
Gracias a la generosidad del periodista Leandro Madeo, el diario El Norte, publicó una extensa nota sobre el vino Los Arroyos, que se produce en San Nicolás de los Arroyos, con uvas implantadas en la quinta donde funcionó la bodega Lagostena. La nota también refiere al traslado de la Exposición de la historia de la vitivinicultura al Museo de la ciudad. Aquí la reproducción de la crónica, con el agregado de algunas fotografías.
El vino nicoleño recupera su lugar en la historia local16 Ene 2012 (07:00)
Libro, producción, patrimonio histórico y atractivo turístico. Actividad central de las antiguas quintas nicoleñas, la vitivinicultura se abrió paso hasta llegar a la historia “oficial” de la ciudad. El Museo del Vino ya funciona dentro del propio Museo Municipal. Además, la ciudad volvió a producir vino a partir de viñedos ubicados en su suelo y bajo sus propias condiciones climáticas.
El vino «Los Arroyos» se produce con uvas criadas en suelo nicoleños, bajo sus particulares condiciones climáticas.
A partir de la publicación, en 2005, de su libro «El vino nicoleño: cien años de vitivinicultura en San Nicolás», el periodista nicoleño Walter Álvarez logró rescatar la historia de la vitivinicultura en nuestra ciudad. A través de una extensa investigación, el contacto con las familias bodegueras de aquel entonces y otros colaboradores también aficionados a la vitivinicultura, el proyecto inicial de “rescatar” historia dio paso a un nuevo desafío, acaso más ambicioso: volver a “hacer” historia. Volver a producir vino autóctono.
“En 2004, junto con Hugo Lagostena, que es hijo y nieto de bodegueros nicoleños, y un colega periodista también aficionado a la vitivinicultura que se llama Fernando De Marco, iniciamos un viñedo experimental. Quienes no habíamos vivido aquella historia in situ, siempre tuvimos esa incógnita: ¿cómo sería aquel vino elaborado con uvas cultivadas en San Nicolás? Y resolvimos que la mejor manera de acercarnos a la posibilidad de saber cómo habría sido ese vino, sería haciéndolo”, comentó a EL NORTE Álvarez.
En un primer momento, los tres aficionados a la vitivinicultura encontraron en Colonia Caroya (Córdoba) unas condiciones climáticas y de suelo similares a las nicoleñas. Por lo demás, es una ciudad con una historia vitivinícola semejante a la nuestra. “La diferencia es que a ellos no les llegó Somisa, y hasta el día de hoy siguen produciendo vino. Entonces fuimos allá y buscamos las plantas, que trajimos y plantamos en la quinta de Lagostena, que está ubicada en lo que sería la continuación de calle Cavalli, unos dos kilómetros antes de llegar a la autopista. Ahí está el casco de una vieja bodega, que en su momento tuvo una capacidad de 700 mil litros”, explicó Álvarez.
Luego de plantar allí variedades de uvas tintas (merlot, cabernet sauvignon, syrah y refosco) y blancas (primero sauvignon blanc y después torrontés), existen hoy en el lugar unas 500 plantas. Ya en 2007, comenzaron a experimentar con la elaboración del vino.
“Recién el año pasado pudimos elaborar un vino que consideramos que estaba apto para ser presentado en sociedad. Es un vino merlot, y le pusimos de nombre «Los Arroyos» y lo estamos comercializando en la feria de productores de la Estación de trenes. La idea para este año o el próximo es empezar a sacar vinos blancos”, comentó el escritor de «El vino nicoleño”.
No es el único vino que se produce en San Nicolás, pero sí es el único que se produce con uvas cultivadas en este suelo y con estas condiciones climáticas. Otros productores lo elaboran a partir de uvas que traen de Mendoza, por ejemplo. Al respecto, Álvarez comentó que “por eso le pusimos en la etiqueta «tinto original»: porque no sólo es original en su sabor, su color y su aroma, sino que además remite al origen del vino en nuestra ciudad”.
En la historia oficial
Por otra parte, la asociación «Amigos de la Historia del Vino Nicoleño» logró este año “oficializar” su ingreso al patrimonio histórico y cultural, cuando el Museo del Vino pasó de la Terminal de Ómnibus (su anterior ubicación) al Museo y Archivo Histórico Municipal «Gregorio Santiago Chervo».
“Para nosotros, eso es un logro importantísimo. Cuando nosotros hicimos el museo, pedimos un lugar. En aquel momento Jorge Contartese, quien era director del Ente Mixto de Promoción Turística y a quien estamos siempre muy agradecidos, nos dio un espacio en las dependencias del Ente, en la Terminal. Muchísima gente pasó por ahí y escribió en el libro de visitas. Pero en esta nueva administración, ellos necesitaban ese lugar y nos dieron la posibilidad de trasladar nuestro museo al Museo Santiago Chervo, lo cual para nosotros fue un paso enorme. Simbólicamente, para nosotros esto significa que la historia de la vitivinicultura de San Nicolás, que durante muchísimos años estuvo olvidada y que prácticamente no perteneció a la historia ‘oficial’, al ingresar al Museo está ingresando a la historia ‘oficial’. Para nosotros, es muy importante”, amplió Álvarez, presidente de la asociación.
Auge provincial
Otra buena noticia ligada a la recuperación de la vitivinicultura abarca a todo el ámbito bonaerense y tiene que ver con la fuerte apuesta de la Provincia a favor de conformar una Ruta del Vino. Naturalmente, por su historia y también por su actualidad, San Nicolás está incluida en ese proyecto turístico.
“Durante muchísimos años, la provincia de Buenos Aires fue una zona productora de vinos. San Nicolás fue cabecera de esa producción. En la década del ’30 San Nicolás producía más vino que Salta, por ejemplo. Se producía desde Carmen de Patagones, pasando por Bahía Blanca hasta toda la costa con el famoso «Vino de la Costa», y «Vino de Quinta» que se producía acá. Desde hace unos años también comenzó a producirse en la zona de Sierra de la Ventana y en la zona de médanos. Por eso, el Gobierno de la provincia está dándole impulso a este proyecto”, comentó Álvarez, quien señaló que “nosotros vamos a tratar de ingresar”. En este sentido, advirtió que el secretario de Turismo Ignacio Crotto, “conoce nuestra experiencia y nuestro vino”.-
HISTORIA
El vino
nicoleño*
A lo largo de cien años San Nicolás fue una ciudad vitivinícola. En su mejor época, unas cincuenta y cinco bodegas llegaron a producir más de once millones de litros de vino. Las primeras experiencias datan de 1886, cuando un grupo de inmigrantes italianos importaron desde Uruguay cepas con las que generaron una industria inimaginable. A pesar que el clima nicoleño no reúne las mejores condiciones, tres generaciones de bodegueros se impusieron a las adversidades y elaboraron vino hasta 1986.
*Extracto del libro «Historia del vino nicoleño», de Walter Álvarez.
Libro, producción, patrimonio histórico y atractivo turístico. Actividad central de las antiguas quintas nicoleñas, la vitivinicultura se abrió paso hasta llegar a la historia “oficial” de la ciudad. El Museo del Vino ya funciona dentro del propio Museo Municipal. Además, la ciudad volvió a producir vino a partir de viñedos ubicados en su suelo y bajo sus propias condiciones climáticas.
El vino «Los Arroyos» se produce con uvas criadas en suelo nicoleños, bajo sus particulares condiciones climáticas.
A partir de la publicación, en 2005, de su libro «El vino nicoleño: cien años de vitivinicultura en San Nicolás», el periodista nicoleño Walter Álvarez logró rescatar la historia de la vitivinicultura en nuestra ciudad. A través de una extensa investigación, el contacto con las familias bodegueras de aquel entonces y otros colaboradores también aficionados a la vitivinicultura, el proyecto inicial de “rescatar” historia dio paso a un nuevo desafío, acaso más ambicioso: volver a “hacer” historia. Volver a producir vino autóctono.
“En 2004, junto con Hugo Lagostena, que es hijo y nieto de bodegueros nicoleños, y un colega periodista también aficionado a la vitivinicultura que se llama Fernando De Marco, iniciamos un viñedo experimental. Quienes no habíamos vivido aquella historia in situ, siempre tuvimos esa incógnita: ¿cómo sería aquel vino elaborado con uvas cultivadas en San Nicolás? Y resolvimos que la mejor manera de acercarnos a la posibilidad de saber cómo habría sido ese vino, sería haciéndolo”, comentó a EL NORTE Álvarez.
En un primer momento, los tres aficionados a la vitivinicultura encontraron en Colonia Caroya (Córdoba) unas condiciones climáticas y de suelo similares a las nicoleñas. Por lo demás, es una ciudad con una historia vitivinícola semejante a la nuestra. “La diferencia es que a ellos no les llegó Somisa, y hasta el día de hoy siguen produciendo vino. Entonces fuimos allá y buscamos las plantas, que trajimos y plantamos en la quinta de Lagostena, que está ubicada en lo que sería la continuación de calle Cavalli, unos dos kilómetros antes de llegar a la autopista. Ahí está el casco de una vieja bodega, que en su momento tuvo una capacidad de 700 mil litros”, explicó Álvarez.
Luego de plantar allí variedades de uvas tintas (merlot, cabernet sauvignon, syrah y refosco) y blancas (primero sauvignon blanc y después torrontés), existen hoy en el lugar unas 500 plantas. Ya en 2007, comenzaron a experimentar con la elaboración del vino.
“Recién el año pasado pudimos elaborar un vino que consideramos que estaba apto para ser presentado en sociedad. Es un vino merlot, y le pusimos de nombre «Los Arroyos» y lo estamos comercializando en la feria de productores de la Estación de trenes. La idea para este año o el próximo es empezar a sacar vinos blancos”, comentó el escritor de «El vino nicoleño”.
No es el único vino que se produce en San Nicolás, pero sí es el único que se produce con uvas cultivadas en este suelo y con estas condiciones climáticas. Otros productores lo elaboran a partir de uvas que traen de Mendoza, por ejemplo. Al respecto, Álvarez comentó que “por eso le pusimos en la etiqueta «tinto original»: porque no sólo es original en su sabor, su color y su aroma, sino que además remite al origen del vino en nuestra ciudad”.
En la historia oficial
Por otra parte, la asociación «Amigos de la Historia del Vino Nicoleño» logró este año “oficializar” su ingreso al patrimonio histórico y cultural, cuando el Museo del Vino pasó de la Terminal de Ómnibus (su anterior ubicación) al Museo y Archivo Histórico Municipal «Gregorio Santiago Chervo».
“Para nosotros, eso es un logro importantísimo. Cuando nosotros hicimos el museo, pedimos un lugar. En aquel momento Jorge Contartese, quien era director del Ente Mixto de Promoción Turística y a quien estamos siempre muy agradecidos, nos dio un espacio en las dependencias del Ente, en la Terminal. Muchísima gente pasó por ahí y escribió en el libro de visitas. Pero en esta nueva administración, ellos necesitaban ese lugar y nos dieron la posibilidad de trasladar nuestro museo al Museo Santiago Chervo, lo cual para nosotros fue un paso enorme. Simbólicamente, para nosotros esto significa que la historia de la vitivinicultura de San Nicolás, que durante muchísimos años estuvo olvidada y que prácticamente no perteneció a la historia ‘oficial’, al ingresar al Museo está ingresando a la historia ‘oficial’. Para nosotros, es muy importante”, amplió Álvarez, presidente de la asociación.
Auge provincial
Otra buena noticia ligada a la recuperación de la vitivinicultura abarca a todo el ámbito bonaerense y tiene que ver con la fuerte apuesta de la Provincia a favor de conformar una Ruta del Vino. Naturalmente, por su historia y también por su actualidad, San Nicolás está incluida en ese proyecto turístico.
“Durante muchísimos años, la provincia de Buenos Aires fue una zona productora de vinos. San Nicolás fue cabecera de esa producción. En la década del ’30 San Nicolás producía más vino que Salta, por ejemplo. Se producía desde Carmen de Patagones, pasando por Bahía Blanca hasta toda la costa con el famoso «Vino de la Costa», y «Vino de Quinta» que se producía acá. Desde hace unos años también comenzó a producirse en la zona de Sierra de la Ventana y en la zona de médanos. Por eso, el Gobierno de la provincia está dándole impulso a este proyecto”, comentó Álvarez, quien señaló que “nosotros vamos a tratar de ingresar”. En este sentido, advirtió que el secretario de Turismo Ignacio Crotto, “conoce nuestra experiencia y nuestro vino”.-
HISTORIA
El vino
nicoleño*
A lo largo de cien años San Nicolás fue una ciudad vitivinícola. En su mejor época, unas cincuenta y cinco bodegas llegaron a producir más de once millones de litros de vino. Las primeras experiencias datan de 1886, cuando un grupo de inmigrantes italianos importaron desde Uruguay cepas con las que generaron una industria inimaginable. A pesar que el clima nicoleño no reúne las mejores condiciones, tres generaciones de bodegueros se impusieron a las adversidades y elaboraron vino hasta 1986.
*Extracto del libro «Historia del vino nicoleño», de Walter Álvarez.

31.12.11
La Asociación despidió el año.
Los integrantes de la Asociación del Vino Nicoleño despedimos el 2011 con un brindis. Nuestro año terminó con buenas noticias y mejores prespectivas, ya que la Municipalidad de San Nicolás de los Arroyos incorporó nuestra Exposición al patrimonio del Museo Gregorio Santiago Chervo. Para nosotros tiene un alto significado, ya que simboliza el ingreso de la Historia Vitinícola Nicoleña (olvidada durante décadas) a la Historia grande de la ciudad. Esto permitirá aumentar el número de visitas y asegurarnos el resguardo de la colección, que seguirá creciendo a lo largo del tiempo.

En el brindis recordamos a los amigos que ya no están, Carlos Ponte, Osvaldo Nozzi y Duilio Cámpora.
Por lo tanto, la Exposición, que gracias a la generosidad del Ente turístico, funcionó durante años en la Terminal de colectivos, de Morteo 55, ahora se expone en el Museo de la ciudad, en calle Francia 187.
No faltaron las canzonettas genovesas
30.9.11
I Campora Nel Mondo
Originado en la curiosidad de los integrantes del grupo de Facebook I Campora Nel Mondo, publico los capítulos del libro El Vino Nicoleño, que tratan en particular de esta familia de bodegueros en San Nicolás de los Arroyos.
CAPÍTULO 1
Los pioneros
El 2 de octubre de 1868 un barquito a vapor amarró en el puerto de cabotaje de la ciudad de San Nicolás . La nave transportaba al genovés que cambiaría la fisonomía de la campiña nicoleña de los próximos cien años. Claro que Carlos Cámpora, a quien lo traían otras urgencias, no podía imaginar su destino de pionero de la vitivinicultura nicoleña.
Había nacido el 23 de agosto de 1846 en Santo Stefano di Lárvego, pueblo perteneciente a la comuna de Campomorone, ubicada en el valle de La Polcévere. Lárvego era entonces provincia de Génova y sus habitantes, católicos fervientes, se advocaban bajo la protección de la Virgen de Nuestra Señora de la Guardia.
Su padre se llamaba Gerónimo. Nació en 1820 y murió el 7 de octubre de 1880 intoxicado por sobredosis de un tónico que el médico le recetó para curar su enfermedad. Su madre se llamaba Magdalena Ponte. Nació en 1818 y murió en 1871. A pesar de tener el mismo apellido no tuvo ningún parentesco con los Ponte que años más tarde también se radicarían en San Nicolás provenientes de Génova y de los que su hijo resultaría ser vecino.
El 9 de julio de 1868 Carlos decidió alejarse por un tiempo de su Italia natal y emigrar a Argentina. No con intenciones de “hacerse la América”, como muchas veces había escuchado decir a sus compatriotas atraídos por la promesa de prosperidad de los gobiernos argentinos. Su motivo era más urgente: buscaba salvarse del servicio militar, lo que era lo mismo decir, salvarse de la guerra.
Pero no tenía dinero suficiente para emprender la travesía. Por eso recurrió a la ayuda de su tío Francesquín para que le prestara dos mil liras con la promesa de devolverlas a su regreso. Su idea era retornar a Italia apenas reuniera el dinero para la deuda.
El préstamo le alcanzó para comprar dos pasajes en tercera clase en el barco Giulia Repetto. Uno para él y el otro para su gran amigo, el Mou Cámpora. Planificaron el viaje para ahorrar al máximo, ya que suponían que no resultaría sencillo reunir el dinero para saldar la deuda con su tío.
El cruce del Atlántico demandaba varios días y tenían que ingeniárselas para poder comer sin gastar mucho. Decididamente, y acostumbrados al trabajo duro, se ofrecieron para limpiar el navío a cambio de alimentos. Les daban los restos de la comida de los pasajeros de primera clase y así el viaje se transformó en una delicia. Carlos nunca olvidaría el sabor de las berenjenas rellenas ni de los exquisitos manjares que probó durante los 60 días que duró la travesía.
El 28 de septiembre el barco atracó en el puerto de Buenos Aires. Para llegar a San Nicolás tomaron un tren hasta la ciudad de Campana, donde finalizaba el trazado ferroviario. Desde el puerto de Campana embarcaron en un vaporcito que, remontando el río Paraná, tocó tierra en el puerto de cabotaje de San Nicolás.
Desde la cubierta se maravillaron con los verdes de las islas, con la inmensidad del río y la vastedad de la barranca. Pero por sobre todo les llamó la atención el reflejo descolorido de la ciudad que los contemplaba. Una vez en tierra firme la imagen se hizo más vívida. Las mujeres, los hombres, y hasta los niños vestían solamente de negro. Era muy raro reconocer a alguien que llevara una prenda de otro color. Pero la oscuridad no estaba sólo en la ropa. Las caras también reflejaban una extraña congoja. Como si un cataclismo hubiera afectado de golpe a toda la comunidad. A medida que se internaban en el centro los colores se oscurecían más y los rostros se volvían más adustos. Decididamente, no había alegría.
Días más tarde sus compatriotas les contaron que el año anterior una epidemia de cólera había matado a mucha gente. No había familia que no hubiera sufrido la pérdida de un familiar o un amigo. La situación se había agravado debido a que los dos únicos médicos de la ciudad, los doctores Mariano Marenco y Marcelino Díaz Herrera, también habían enfermado. Por eso las autoridades debieron traer desde Buenos Aires, a los doctores Carlos Juan Furst y Santiago Larrosa para atender a los enfermos. La catástrofe fue tan grande que hasta se formó una comisión para socorrer a los más humildes. Un año después los nicoleños todavía conservaban el luto.
Seguramente fue Santiago Montaldo quien les contó a Carlos y a Mou la historia de la epidemia. La conocía muy bien, y cada vez que la recordaba resurgían los sentimientos contradictorios que lo había dominado durante la catástrofe. Porque, paradójicamente, la desgracia de un pueblo había sido una oportunidad para él ya que debido a la gran cantidad de muertes producidas por la enfermedad hicieron falta más sepultureros. Santiago vivía con sus hermanos y sus amigos, los Vigo, en una casa de dos pisos frente al cementerio. De día trabajaban como verduleros. De noche, ocultos de la mirada ajena, cavaban tumbas en el camposanto. Lo hacían a oscuras y encubiertos porque el trabajo de sepulturero era avergonzante en su Italia natal.
CAPÍTULO 3
Las familias
Cámpora
A finales del siglo XIX, Carlos y Francisco Cámpora estaban instalados cada uno en su quinta de la calle Ancha. Carlos vivía con su esposa Rosa Montaldo y sus ocho hijos. En la década de 1920, sus diez hectáreas de viñedos producían entre quinientos mil y setecientos mil litros de vino. Junto a sus hijos varones habían montado una bodega con dieciseis cubas de fermentación y otras tantas de conservación. Contaban con una moledora marca Garola, prensa hidráulica, bombas de orujo, bombas de trasiego, refrigeradores eléctricos y zorras sobre rieles para el transporte interno (todos de la marca inglesa Guy y Mital).
Cuando Carlos Cámpora falleció, en 1927, dos de sus hijos, Ángel y Francisco José, formaron una sociedad con la que administraron la bodega. En 1946 Ángel falleció, y Francisco, que no tenía hijos, se hizo cargo de sus sobrinos Roberto, Carlos (enólogo) y Santiago, quienes se incorporaron el trabajo. Ellos quedaron a cargo de la bodega desde 1964, cuando falleció su tío. Produjeron hasta mediados de la década del 70 y con ellos finalizó la actividad bodeguera de la familia del pionero de la vitivinicultura local.
Francisco Cámpora (hijo de Luis Cámpora y Teresa Ponte) vivía en la quinta El Reloj donde tenía una destilería de grapa de nombre “Grappa uso Italia”.
Francisco Pedro Cámpora (primo de los anteriores) llegó en 1885 a bordo del barco Perseo, proveniente del pueblo genovés de Cheranesi (situado a dos kilómetros de lugar donde nació Carlos). Aquí se casó con Rosa Giara, quien en 1895 heredó cinco hectáreas con viñedo sobre calle San José detrás de las vías del ferrocarril, donde el matrimonio comenzó a desarrollar su quinta, conocida como El Palomar. Años después le sumaron seis hectáreas más que Francisco utilizó para vinificar recordando el método utilizado por su padre en Italia.
Tuvo diez hijos. Los varones aprendieron desde chicos el trabajo de su padre y según la afinidad se repartieron las tareas. Francisco Pedro sumó variedades de uva al lote inicial y con ellas realizó nuevas experiencias. Comprobó cuales eran las que mejor se adaptaban a las condiciones climáticas que les eran adversas, midió las características de los vinos que daba cada una y se fue quedando con las que mejor satisfacían su necesidad de cantidad y calidad. También se ocupó de adaptar la bodega y modernizar los procesos de vinificación. A partir de la década de 1920 instaló un motor a vapor para hacer accionar la moledora y la bomba de trasiego, compró motores a combustible y construyó una moledora y una prensa hidráulica. A partir de la década del 30 reemplazaron los depósitos de madera por piletas de cemento e incorporaron un pausterizador.
José Miguel se encargaba de la comercialización. En una jardinera recorría los pueblos de la ruta 188 transportando bordalesas de doscientos litros que vendía en los almacenes de ramos generales. Cayetano permanecía en la bodega y controlaba el proceso de elaboración. Los otros hermanos se dedicaban al resto de las tareas rurales y las mujeres atendían el hogar y la quinta chica, donde estaban las hierbas aromáticas y el jardín, siempre muy cerca de la casa. Esta organización de trabajo familiar, que los italianos arrastraban de sus ancestros, se repitió en todas las quintas. Desde los ocho años los chicos aprendían, como jugando, el trabajo que les esperaba. Necesariamente las familias debían ser numerosas y las viviendas muy grandes, muchas de ellas de doble planta.
El hijo de Francisco Pedro, Orfilio, continuó con la actividad bodeguera hasta mediados de la década del 60 y su primo, Duilio, (hijo de José Miguel) fue uno de los colaboradores destacados.
CAPÍTULO 16
Del viñedo al acero
El adiós a los pioneros
A dos meses de su llegada, un hecho decisivo ancló su relación con ellos para siempre.
El 7 de abril de 1927, luego de soportar una hemiplejía de cien días, falleció Carlos Cámpora, el patriarca de la vitivinicultura local. Recién llegado, a Tavella le tocó la misión de asistirlo espiritualmente hasta su muerte. En su agonía, Cámpora pedía la presencia de la Virgen recitando un poema en genovés: “En el último momento / en la última agonía / quiero llamar a María / llamarla y luego morir”. Su deseo se cumplió con precisión. Como todos los 7 de cada mes, la imagen de la Virgen ingresó a su quinta, y luego de verla, murió.
El féretro con sus restos fue llevado a pulso desde la quinta San José hasta la Iglesia María Auxiliadora, donde fue recibido por alumnos, maestros y sacerdotes. En la Misa de cuerpo presente Tavella desplegó su prédica, encendida por una demostración de cariño como nunca había visto.

CAPÍTULO 1
Los pioneros
El 2 de octubre de 1868 un barquito a vapor amarró en el puerto de cabotaje de la ciudad de San Nicolás . La nave transportaba al genovés que cambiaría la fisonomía de la campiña nicoleña de los próximos cien años. Claro que Carlos Cámpora, a quien lo traían otras urgencias, no podía imaginar su destino de pionero de la vitivinicultura nicoleña.
Había nacido el 23 de agosto de 1846 en Santo Stefano di Lárvego, pueblo perteneciente a la comuna de Campomorone, ubicada en el valle de La Polcévere. Lárvego era entonces provincia de Génova y sus habitantes, católicos fervientes, se advocaban bajo la protección de la Virgen de Nuestra Señora de la Guardia.
Su padre se llamaba Gerónimo. Nació en 1820 y murió el 7 de octubre de 1880 intoxicado por sobredosis de un tónico que el médico le recetó para curar su enfermedad. Su madre se llamaba Magdalena Ponte. Nació en 1818 y murió en 1871. A pesar de tener el mismo apellido no tuvo ningún parentesco con los Ponte que años más tarde también se radicarían en San Nicolás provenientes de Génova y de los que su hijo resultaría ser vecino.
El 9 de julio de 1868 Carlos decidió alejarse por un tiempo de su Italia natal y emigrar a Argentina. No con intenciones de “hacerse la América”, como muchas veces había escuchado decir a sus compatriotas atraídos por la promesa de prosperidad de los gobiernos argentinos. Su motivo era más urgente: buscaba salvarse del servicio militar, lo que era lo mismo decir, salvarse de la guerra.
Pero no tenía dinero suficiente para emprender la travesía. Por eso recurrió a la ayuda de su tío Francesquín para que le prestara dos mil liras con la promesa de devolverlas a su regreso. Su idea era retornar a Italia apenas reuniera el dinero para la deuda.
El préstamo le alcanzó para comprar dos pasajes en tercera clase en el barco Giulia Repetto. Uno para él y el otro para su gran amigo, el Mou Cámpora. Planificaron el viaje para ahorrar al máximo, ya que suponían que no resultaría sencillo reunir el dinero para saldar la deuda con su tío.
El cruce del Atlántico demandaba varios días y tenían que ingeniárselas para poder comer sin gastar mucho. Decididamente, y acostumbrados al trabajo duro, se ofrecieron para limpiar el navío a cambio de alimentos. Les daban los restos de la comida de los pasajeros de primera clase y así el viaje se transformó en una delicia. Carlos nunca olvidaría el sabor de las berenjenas rellenas ni de los exquisitos manjares que probó durante los 60 días que duró la travesía.
El 28 de septiembre el barco atracó en el puerto de Buenos Aires. Para llegar a San Nicolás tomaron un tren hasta la ciudad de Campana, donde finalizaba el trazado ferroviario. Desde el puerto de Campana embarcaron en un vaporcito que, remontando el río Paraná, tocó tierra en el puerto de cabotaje de San Nicolás.
Desde la cubierta se maravillaron con los verdes de las islas, con la inmensidad del río y la vastedad de la barranca. Pero por sobre todo les llamó la atención el reflejo descolorido de la ciudad que los contemplaba. Una vez en tierra firme la imagen se hizo más vívida. Las mujeres, los hombres, y hasta los niños vestían solamente de negro. Era muy raro reconocer a alguien que llevara una prenda de otro color. Pero la oscuridad no estaba sólo en la ropa. Las caras también reflejaban una extraña congoja. Como si un cataclismo hubiera afectado de golpe a toda la comunidad. A medida que se internaban en el centro los colores se oscurecían más y los rostros se volvían más adustos. Decididamente, no había alegría.
Días más tarde sus compatriotas les contaron que el año anterior una epidemia de cólera había matado a mucha gente. No había familia que no hubiera sufrido la pérdida de un familiar o un amigo. La situación se había agravado debido a que los dos únicos médicos de la ciudad, los doctores Mariano Marenco y Marcelino Díaz Herrera, también habían enfermado. Por eso las autoridades debieron traer desde Buenos Aires, a los doctores Carlos Juan Furst y Santiago Larrosa para atender a los enfermos. La catástrofe fue tan grande que hasta se formó una comisión para socorrer a los más humildes. Un año después los nicoleños todavía conservaban el luto.
Seguramente fue Santiago Montaldo quien les contó a Carlos y a Mou la historia de la epidemia. La conocía muy bien, y cada vez que la recordaba resurgían los sentimientos contradictorios que lo había dominado durante la catástrofe. Porque, paradójicamente, la desgracia de un pueblo había sido una oportunidad para él ya que debido a la gran cantidad de muertes producidas por la enfermedad hicieron falta más sepultureros. Santiago vivía con sus hermanos y sus amigos, los Vigo, en una casa de dos pisos frente al cementerio. De día trabajaban como verduleros. De noche, ocultos de la mirada ajena, cavaban tumbas en el camposanto. Lo hacían a oscuras y encubiertos porque el trabajo de sepulturero era avergonzante en su Italia natal.
CAPÍTULO 3
Las familias
Cámpora
A finales del siglo XIX, Carlos y Francisco Cámpora estaban instalados cada uno en su quinta de la calle Ancha. Carlos vivía con su esposa Rosa Montaldo y sus ocho hijos. En la década de 1920, sus diez hectáreas de viñedos producían entre quinientos mil y setecientos mil litros de vino. Junto a sus hijos varones habían montado una bodega con dieciseis cubas de fermentación y otras tantas de conservación. Contaban con una moledora marca Garola, prensa hidráulica, bombas de orujo, bombas de trasiego, refrigeradores eléctricos y zorras sobre rieles para el transporte interno (todos de la marca inglesa Guy y Mital).
Cuando Carlos Cámpora falleció, en 1927, dos de sus hijos, Ángel y Francisco José, formaron una sociedad con la que administraron la bodega. En 1946 Ángel falleció, y Francisco, que no tenía hijos, se hizo cargo de sus sobrinos Roberto, Carlos (enólogo) y Santiago, quienes se incorporaron el trabajo. Ellos quedaron a cargo de la bodega desde 1964, cuando falleció su tío. Produjeron hasta mediados de la década del 70 y con ellos finalizó la actividad bodeguera de la familia del pionero de la vitivinicultura local.
Francisco Cámpora (hijo de Luis Cámpora y Teresa Ponte) vivía en la quinta El Reloj donde tenía una destilería de grapa de nombre “Grappa uso Italia”.
Francisco Pedro Cámpora (primo de los anteriores) llegó en 1885 a bordo del barco Perseo, proveniente del pueblo genovés de Cheranesi (situado a dos kilómetros de lugar donde nació Carlos). Aquí se casó con Rosa Giara, quien en 1895 heredó cinco hectáreas con viñedo sobre calle San José detrás de las vías del ferrocarril, donde el matrimonio comenzó a desarrollar su quinta, conocida como El Palomar. Años después le sumaron seis hectáreas más que Francisco utilizó para vinificar recordando el método utilizado por su padre en Italia.
Tuvo diez hijos. Los varones aprendieron desde chicos el trabajo de su padre y según la afinidad se repartieron las tareas. Francisco Pedro sumó variedades de uva al lote inicial y con ellas realizó nuevas experiencias. Comprobó cuales eran las que mejor se adaptaban a las condiciones climáticas que les eran adversas, midió las características de los vinos que daba cada una y se fue quedando con las que mejor satisfacían su necesidad de cantidad y calidad. También se ocupó de adaptar la bodega y modernizar los procesos de vinificación. A partir de la década de 1920 instaló un motor a vapor para hacer accionar la moledora y la bomba de trasiego, compró motores a combustible y construyó una moledora y una prensa hidráulica. A partir de la década del 30 reemplazaron los depósitos de madera por piletas de cemento e incorporaron un pausterizador.
José Miguel se encargaba de la comercialización. En una jardinera recorría los pueblos de la ruta 188 transportando bordalesas de doscientos litros que vendía en los almacenes de ramos generales. Cayetano permanecía en la bodega y controlaba el proceso de elaboración. Los otros hermanos se dedicaban al resto de las tareas rurales y las mujeres atendían el hogar y la quinta chica, donde estaban las hierbas aromáticas y el jardín, siempre muy cerca de la casa. Esta organización de trabajo familiar, que los italianos arrastraban de sus ancestros, se repitió en todas las quintas. Desde los ocho años los chicos aprendían, como jugando, el trabajo que les esperaba. Necesariamente las familias debían ser numerosas y las viviendas muy grandes, muchas de ellas de doble planta.
El hijo de Francisco Pedro, Orfilio, continuó con la actividad bodeguera hasta mediados de la década del 60 y su primo, Duilio, (hijo de José Miguel) fue uno de los colaboradores destacados.
CAPÍTULO 16
Del viñedo al acero
El adiós a los pioneros
A dos meses de su llegada, un hecho decisivo ancló su relación con ellos para siempre.
El 7 de abril de 1927, luego de soportar una hemiplejía de cien días, falleció Carlos Cámpora, el patriarca de la vitivinicultura local. Recién llegado, a Tavella le tocó la misión de asistirlo espiritualmente hasta su muerte. En su agonía, Cámpora pedía la presencia de la Virgen recitando un poema en genovés: “En el último momento / en la última agonía / quiero llamar a María / llamarla y luego morir”. Su deseo se cumplió con precisión. Como todos los 7 de cada mes, la imagen de la Virgen ingresó a su quinta, y luego de verla, murió.
El féretro con sus restos fue llevado a pulso desde la quinta San José hasta la Iglesia María Auxiliadora, donde fue recibido por alumnos, maestros y sacerdotes. En la Misa de cuerpo presente Tavella desplegó su prédica, encendida por una demostración de cariño como nunca había visto.
Etiqueta de uno de los vinos elaborado por la familia de Carlos Cámpora
22.8.11
Temporada de poda en el viñedo.
Carlos Bistoto, invalorable colaborador, aplicó la antigua técnica genovesa, con la que podó cientos de vides nicoleñas de antaño, para podar, una vez más, nuestro viñedo, ubicado en la zona de quintas de San Nicolás de los Arroyos. Fernando Demarco, fiel discípulo, ató, con mimbre, las vides a los alambres, para lograr una buena conducción. Ahora solo resta esperar la brotación. A Hugo Lagostena y a mi nos espera el control de las hormigas y la gramilla. Hace frío y hay buen sol, presagio de un buen vino.
28.6.11
Recordamos a nuestro amigo Osvaldo.
El 7 de Mayo falleció Osvaldo Nozzi, uno de los integrantes de la Asociación, quien trabajó toda su vida cultivando el viñedo y elaborando el vino en la bodega que inició su abuelo Miguel, un inmigrante napolitano que llegó a San Nicolás a fines del siglo XIX. Fue uno de nuestros grandes maestros, pues nos enseñó los secretos del cultivo de la vid que hoy aplicamos en nuestro viñedo experimental.
Recordando a dos de los amigazos del vino...¿Qué andarán haciendo estos dos, junto a Ponte?...Seguramente opinando como saldrá el vinito de este año. Se los extraña maestros...
Duilio Cámpora, Maricel Abdala, Osvaldo Nozzi.
Recordando a dos de los amigazos del vino...¿Qué andarán haciendo estos dos, junto a Ponte?...Seguramente opinando como saldrá el vinito de este año. Se los extraña maestros...
Duilio Cámpora, Maricel Abdala, Osvaldo Nozzi.
9.2.11
Falleció Carlos Ponte
Tenía 92 años. Era nieto de inmigrantes Italianos de la región de la Liguria. Su abuelo, José, llegó a San Nicolás de los Arroyos, en 1859, proveniente del pueblo de Campo Lígure. Fue uno de los iniciadores de la vitinivicultura nicoleña. Su padre, y luego él, y sus hermanos, convirtieron la incipiente producción familiar en una bodega de más de dos millones y medio de capacidad, la más grande de la zona.
Carlos integró la Asociación del Vino Nicoleño y fue para nosotros un verdadero maestro. Era una persona que, no solo hacía las cosas que había que hacer, sino que las hacía bien. Siempre aplicando su ingenio y conocimientos prácticos, de los cuales hemos aprendido todos, gracias a su enorme generosidad.
El se fue, pero nos dejó un bagaje de inquietudes, conocimientos y desafios, que perdurarán en nosotros por siempre.
Nunca te olvidaremos, amigo Carlos.
9.1.11
Comentario del libro El Vino Nicoleño en la revista italiana "In Génova e Liguria Magazine"
La traducción italiana del libro El Vino Nicoleño fue comentada en la sección Enogastronomía, del suplemento especial Natale e Gusto, de la revista italiana In Génova e Liguria Magazine


7.1.11
Anuario 2010
ENERO
El viñedo experimental que cultivamos con Hugo Lagostena y Fernando Demarco, espera.
FEBRERO
MARZO
ABRIL
Esa noche también catamos otros vinos.
MAYO
La Asociación del Vino Nicoleño disertó sobre la historia de la vitivinicultura local, en los actos por el aniversario del Acuerdo de San Nicolás. De izquierda a derecha: Alberto Picabea, Nazareno Bruschi, Duilio Cámpora, Hugo Lagostena, Walter Alvarez.
La revista El Conocedor publicó una crónica de la historia vitivinícola nicoleña. El periodista Gustavo Choren visitó la ciudad y los integrantes de la Asociación lo acompañamos en su jornada de trabajo. Visitó la Exposición y el viñedo experimental.
JUNIO
JULIO
El vino de nuestro viñedo se cría en la bordalesa. Carlos Ponte lo custodia.

La vitivinicultura nicoleña es mencionada en el libro San Nicolás de la frontera, de Pablo Makovsky.
SEPTIEMBRE

En Campomorone, Liguria, presenté la traducción al italiano del libro "El Vino Nicoleño. Cien años de vitivinicultura en San Nicolás".
Experiencia interesante es tomar los vinos en origen.

OCTUBRE

Miguel Brascó participó del Salón de vinos de alta gama organizado por la vinoteca Baco. Después, en su columna de la revista LNR, del diario La Nación, la catalogó con una de las tres mejores del País.

El Arquitecto Carlos Moreno disertó en la Feria de libro. Me regaló el original (pintado con café) de la ilustración de su libro Cosas del campo bonaerense, donde, en el tomo 3, menciona a la vitivinicultura nicoleña de antaño.
NOVIEMBRE
Al regreso de mi viaje a Campomorone, nos reunimos con la Asociación para degustar los vinos de la Val Polcevera que nos regaló Giancarlo Cámpora, Sindaco de la comuna.
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